EN VIVO

1 seg
|
1 seg

Por Decir Fútbol

Wilson, la Asociación Rural y las desigualdades
28/09/2020
https://www.m24.com.uy/wp-content/uploads/2020/09/20200928_Linng.mp3
Descargar Audio

 

El pueblo se llamaba San Borja del Yi, mismo ahí en Durazno, un departamento al que voy a volver. Ese pueblo estaba en los campos de lo que se llamó “Estancia de los Marinos”, una estancia que fue confiscada y repartida a los indios por el general José Artigas en 1816.

Ese pueblo, San Borja del Yi, había desaparecido, pero luego los indios guaraníes -que habían sido corridos del departamento de Artigas- reconquistaron la tierra que les había dado Artigas.

El escritor Mario Delgado Aparain investigó ese asentamiento y en declaraciones realizadas hace tiempo al semanario Búsqueda, dijo lo siguiente: en la gestión y conducción de ese pueblo, San Borja del Yi, tuvo “especial preponderancia una heroína desconocida para la mayoría de los uruguayos: Luisa Tiraparé, viuda del cacique Fernando Tiraparé”.

En 1862, treinta años después del exterminio indígena por parte de Rivera, el pueblo fue arrasado a sangre y fuego con todos sus indios misioneros.

La historia de Luisa es recogida por Eduardo Lorier en un libro llamado “La Capataza”. Dice Lorier que la capataza era “díscola, rebelde y hermosamente salvaje”. La comunidad que dirigía y lideraba “vivía en el disfrute, el goce de una libertad plena, natural, que se resistía al ‘disciplinamiento’ que se le quería imponer”.

El nuevo orden que se implantó en el campo uruguayo venía con varias cosas en las carretas. Por ejemplo: disciplinar y eliminar el “inútil derroche de energía” -según decían- y domesticar a las indias que libremente disfrutaban de su sexualidad.

Las elites dominantes de la Banda Oriental no admitían los bailes, los usos, costumbres y creencias de los indios.

Los domesticaban o los eliminaban.

Con doña Luisa Tiraparé pasó lo último: fue eliminada junto a su pueblo.

Lo dramáticamente interesante con esta historia de la jefa india, es el tema de la propiedad de la tierra. Eliminados los indios, los campos de aquel pueblo indígena San Borja del Yi, volvieron a los anteriores dueños, a los que Artigas les había expropiado la tierra, la sucesión Viana-Achucarro. (Ya comienzan a aparecer nombres que la historia muestra como integrantes de la oligarquía criolla y, por supuesto, nombres de algunas calles).

La documentación sobre estos episodios es histórica y existen datos en el Obispado de Florida y en la Parroquia de San Pedro de la ciudad de Durazno, e incluso en el Archivo General de la Nación.

Los interesante de este episodio de nuestra historia, es el dato inocultable de los orígenes de las estancias y de la oligarquía criolla, dueña de campos -por extensión familiar, desde mediados del siglo XIX- sobre todo cuando se comienza a alambrar y los gauchos, en varios momentos liderados por un tal Aparicio Saravia, se resistieron al alambramiento. Ahí surge la consigna gaucha que acompañó a Aparicio: “aire libre y carne gorda”.

Esta consigna revela algo que está en la historiografía oriental: Hernandarias trajo el ganado y las élites primero se encargaron que apropiarse del ganado y luego de la tierra. El alambrado puso un límite al consumo libre de carne.

Las élites se garantizaron el ganado y la tierra y eso -hay apellidos que se repiten desde hace 150 años- pauta la historia del campo y, consecuentemente, del comportamiento electoral de dueños, capataces y peones.

EL NACIMIENTO DE LA ASOCIACIÓN RURAL

En ese marco, nace la Asociación Rural del Uruguay. Fue fundada en 1871 durante el gobierno de Lorenzo Batlle. Fue fundada, digamos, pocos años después de que se eliminara a la capataza Tiraparé y su pueblo, San Borja del Yi.

Su objetivo principal fue coordinar acciones para lograr influir en las decisiones del gobierno. Querían que llegara la paz -el gauchaje andaba de montonera en montonera-, pero también tenían aspiraciones a largo plazo: promover la producción ganadera (vacuna y ovina) a través del desarrollo tecnológico, la divulgación de nuevas técnicas y la promoción de leyes protectoras. Esas aspiraciones -como veremos luego- poco importó. Lo importante -en muchos casos- predominó el enfoque inmobiliario: tener la tierra.

En los años siguientes la ARU influyó en las formas en que la campaña fue ordenándose. Su discurso se difundió desde la Revista de la ARU (que comenzaron a publicar en 1872) y la exposición anual (la exposición rural del Prado, que se realiza hasta hoy).  La ARU tuvo un papel fundamental en la modernización y colaboró con el gobierno del general Latorre, a quien se le adjudica el rol de modernizador del Uruguay. Una parte de esa modernización fue el dictado de normas para alambrar las estancias y penar a quien vulnerara esos límites. Así nace la propiedad privada y familiar en el campo.

La ARU, entonces, viene de esos tiempos y con esa composición social en su ADN.

Así llegamos hasta hace unos 10 días, cuando habló en el cierre de la Expo Prado, el ingeniero agrónomo Gabriel Capurro.

Les propongo detenernos en la historia de los Capurro, porque esos detalles de la historia muestran sin dificultad alguna, aspectos nítidos del ADN de un sector del campo uruguayo.

Hay un sitio web de los Capurro y parte de lo que contaré fue extraído de ahí. Para contar la historia de los Capurro debo ir hacia el inmigrante italiano Juan Bautista Capurro, un marino mercante nacido en la localidad de Voltri, cercana a Génova, en el último decenio del siglo XVIII, que había arribado al país algo antes de 1829 llegando a Montevideo donde se afincaría definitivamente.

Se instaló en las costas de Montevideo -hoy Parque Capurro- desde donde le vendía alimentos y agua a los barcos que llegaban a la bahía.

Ese es el origen del Capurro que escuchamos los otros días en la Rural de El Prado.

Esa familia luego se fue bifurcando y ahí aparecen -en ese tronco genealógico- algunos apellidos interesantes: Arteaga, Arocena, Artagaveytia, Rodríguez Larreta, Gómez Ruano, Gómez Lenguas, Hughes Gómez y Gómez Folle, entre otros.

El actual Gabriel Capurro tiene una estancia.

La cabaña ‘El Aguará’ fue fundada en 1941 por Mario y Eduardo Capurro a partir de 220 ovejas.

Pero el inicio fue en el campo del padre de los hermanos Capurro (“La Pastoral”), Haroldo Capurro.

Además, su tío y padrino, Mario Capurro, fue presidente de la Asociación Rural del Uruguay cuando la gremial cumplió 100 años (en 1971) y Sub secretario del Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca.

¿Dónde queda “El Aguará”? En Durazno, en donde estuvo San Borja del Yi, el poblado indígena de la capataza Tiraparé. Los mismos lugares en donde otro apellido, Bordaberry, desembarco en el siglo XIX a criar ovejas. Tuvo hasta 24 mil hectáreas.

Quiero decir con estos antecedentes, que el presidente de la ARU no es un recién llegado, ni se hizo de abajo y que sus actuales patrimonios tienen que ver con una cuestión muy interesante en el Uruguay y son las herencias. Y el éxito actual -a veces tiene que ver con el esfuerzo y el talento- se vincula con la historia, de donde venimos.

El actual presidente de la ARU levantó polvareda con su discurso en la Expo Prado.

 

“Aunque todos podemos estar de acuerdo en que la desigualdad extrema no es deseable, la realidad es que la desigualdad de ingresos va a existir siempre por la propia naturaleza humana y es justo que así sea. Las personas somos todas distintas, tenemos objetivos de vida diferentes, actitudes y aptitudes diferentes y actuamos y trabajamos en consecuencia. Las diferencias existen y van a existir siempre entre las personas y por lo tanto en los ingresos que no pueden ni deben ser iguales”, dijo.

Ya se le ha respondido al ingeniero Capurro.  La idea no es que yo, un innominado, le responda a Capurro.

Procuro dar un salto atrás, 57 años atrás, y que sea el propio Wilson Ferreira Aldunate, en la propia Feria Rural de El Prado, quien le responda.

Era el año 1963, setiembre. Wilson Ferreira era ministro de Ganadería. Ya había instalado la CIDE desde donde se hizo un pormenorizado informe de situación del país e identificaba las trabas para el desarrollo armónico del Uruguay.

Allí en la CIDE estuvieron Enrique Iglesias, Danilo Astori y Alberto Couriel, entre otros.

El contexto nacional era complejo y el internacional también. Había mucho proteccionismo. En diversos países se hablaba de reforma agraria y Wilson también.

Tras saludar a las autoridades, Wilson habló de la distribución de la riqueza entre los individuos y de la necesidad de soñar por mayor justicia.

 

Capurro hace pocos días había dicho: “Las diferencias existen y van a existir siempre entre las personas.” Hasta parece que Wilson le estuviera respondiendo.

Mas adelante Wilson habló del hambre y del frío, de los alimentos y el abrigo.

 

En el largo discurso, Wilson dijo que la ganadería y la agropecuaria no habían sido “capaces” de aumentar el volumen físico de producción y que la inversión privada en investigación y en tecnología había sido magra e insuficiente.

Me detengo acá. En la fundación de la ARU se decía que uno de los postulados era promover la investigación y el desarrollo tecnológico en el campo. Eso decían en el siglo XIX. Wilson en 1963 les estaba diciendo que no habían sido capaces.

Wilson además sentencia que era necesario aplicar la ciencia y la técnica y que debía haber más ingenieros agrónomos. Y subrayó que el Estado debía liderar el proceso de investigación científica.

En ese marco, Wilson defendió las detracciones, o sea el impuesto a las exportaciones. Pero lo hizo de una manera contundente: lo que se recaude por ese impuesto debe dirigirse al campo, a la investigación y al desarrollo y a ninguna otra cosa.

Wilson también habló de la tenencia de la tierra, una de los pilares de su propuesta de reforma agraria que presentó en 1971.

Sostuvo que no debía haber minifundios ni latifundios. La escala es central para que sea productivo. “La propiedad rural se caracteriza desde hace muchísimo tiempo por una gran concentración de extensas áreas en manos de pocos titulares”, dijo.

Y agregó: “esta situación se ha ido agravando progresivamente”.

Por estos días, Juan Raúl Ferreira, hijo de Wilson, recordó lo que alguna vez dijo en tono burlón el líder blanco de las Expo Prado: “No apunta a la mejora productiva, sino a los grandes (…) Es un concurso de belleza donde prima la estética sobre los intereses productivos”.

Juan Raúl Ferreira recuerda que en un acto del campo el discurso de Wilson termino con una silbatina. Eso fue en la Rural de Salto, cuando de los silbidos se pasó a los puñetazos. Ese acto probablemente se hizo en octubre de 1963 y la revista de la ARU consigna el discurso de Wilson, pero no hace referencia a los líos.

El hijo de Wilson también contó que ya en el exilio, un familiar, sin su permiso, llevó al Prado un toro de su campo. “Casi se muere, pero tuvo suerte: el toro fue denunciado a las autoridades militares que lo retiraron en un camión del Ejército. La novel dictadura uruguaya ganó su primer titular en la prensa internacional. La primera plana de El País de Madrid tituló “Primer toro preso político del mundo”, recordó Juan Raúl.

 

 

AGRADECIMIENTOS

A la biblioteca de la Asociación Rural del Uruguay.

Al Archivo Sonoro de Radiodifusión Nacional del Uruguay.

Álvaro García Alonso, un tuitero que puso la foto de Wilson en ese acto de 1963.

MATERIALES CONSULTADOS

“La capataza”, Eduardo Lorier. Banda Oriental.

“La economía en la Banda Oriental”, Agustín Beraza. Banda Oriental.

“El Uruguay de la modernización”, Enrique Méndez Vives. Banda Oriental.