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Puentes

Las pandemias, las ciudades, la arquitectura y nosotros
17/08/2020
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Por: Linng Cardozo.

Invitado por el Mercado de los Artesanos -ubicado allí en Plaza Cagancha- visite un subsuelo precioso. Se trata de lo que fue un reservorio o cisterna de agua que puede datar del siglo XIX. Funcionaba como una especie de tanque, hacía donde conducían las aguas de lluvia. Los propietarios del bien consumían agua de ese reservorio. En el primer piso se colocaba un brocal y desde allí a través de una roldana y un balde sacaban el agua para distintas actividades.

Esos reservorios -últimamente se descubrió uno detrás de la Torres Ejecutiva- se construyeron porque no había agua corriente y luego se techaron para que el agua no se ensuciara.

Ahora bien, ¿por qué nacieron esos reservorios de agua? Para tener agua limpia, no contaminada y combatir enfermedades como el cólera, cuya fuerte epidemia sacudió el Rio de la Plata como ya conté cuando hablamos de Blanes y su cuadro de la mujer muerta.

Esta experiencia de la arquitectura para combatir epidemias, es recurrente, se repite a lo largo de la historia, como veremos.

Desde el ropero hasta los azulejos del baño

Nuestras casas actuales -estructuras y hasta mobiliario- surgen como ideas para combatir enfermedades.

Los placares en dormitorios, las baldosas, los azulejos en el baño y la cocina, el agua corriente y otros elementos surgen así. Una respuesta desde la arquitectura a los problemas de la salud pública.

Me detengo en estos ejemplos cotidianos.

Los placares, por ejemplo, empezaron a ser la norma a principios del siglo XX, cuando los armarios o roperos de antaño se empezaron a considerar antihigiénicos. ¿Por qué?

Porque en ellos se acumulaba, en lugares difíciles de limpiar, algo que desde mediados del siglo anterior había pasado de ser una molestia o un riesgo para la salud: el polvo.

Un arquitecto, Edward William Godwin (1833-1886), dijo: «La pelusa y el polvo son dos de los grandes enemigos de la vida».

Así, los muebles empotrados pasaron a formar parte integral del diseño arquitectónico de viviendas a tal punto que seguro te extrañaría ver una habitación o una cocina sin ellos.

Pero mientras que la aversión al polvo tardó décadas en producir este resultado, las respuestas a otras amenazas no dieron tanta tregua.

Los golpes en el siglo XIX

Oleadas de epidemias que mataban altos porcentajes de las poblaciones conjugadas con teorías científicas, acertadas o erradas, moldearon nuestro mundo construido, y cambiaron fundamentalmente nuestra realidad.

En los últimos 150 años, la expectativa de vida ha aumentado de alrededor de 45 a 80 años y es justo afirmar que buena parte de eso se debe a la arquitectura y la ingeniería y la otra importante parte, a la comunidad médica.

Jakob Brandtberg Knudsen, decano de la escuela de arquitectura de la Real Academia de Bellas Artes de Dinamarca, dijo: «Solemos pensar que los grandes cambios se deben a que tenemos hospitales y cosas así. Ese no es el gran cambio. El gran cambio vino antes, cuando conseguimos tener agua limpia y manejar la sucia, así como mejores viviendas».

Un ejemplo de ello fue un nauseabundo evento conocido como «El Gran Hedor» que sirvió de catalizador de un proyecto de construcción monumental que mejoró drásticamente la salud del público en Londres.

En el caluroso verano de 1858, las temperaturas de más de 30ºC hicieron que el distintivo olor del río Támesis -durante siglos usado como vertedero de desechos humanos, animales e industriales- invadiera Londres y obligó a los miembros del flamante

Parlamento a tomar finalmente medidas «para la purificación del Támesis y el drenaje de la metrópoli».

El propósito del acueducto era «la reducción misericordiosa de la epidemia» de la enfermedad más temida, el cólera, que afectaba a ricos y pobres y para la que no había cura.

Y lo cumplió: en 1866 la mayor parte de Londres se salvó de un brote de cólera que afectó solamente a quienes vivían en la única zona que faltaba por conectar a la red.

Escuchemos esto. Se trata de un informe sobre arquitectura y pandemias.

Como ocurre con ese tipo de informes, la narrativa se afirma en el norte del planeta.

Pero el sur también existe. Recordemos como símbolo de arquitectura y salud, a nuestro hospital Saint Bois.

Este Centro Hospitalario está integrado por un hospital general, el hospital Jose Marti y un centro de alojamiento. El edificio central en este precioso predio fue inaugurado el 18 de noviembre de 1928.

El grave ascenso de la tuberculosis la convirtió en una Colonia Sanatorial. ¿Y en donde la construyeron? En las afueras de Montevideo, en Colón, rodeado de aire y paisajes. Todo para atender a la población con tuberculosis.

Volvamos un instante al informe ya citado. Ahí escucharán el problema de la tuberculosis, los protocolos y la arquitectura.

Las ciudades, entonces, están hechas por capas y mas capas de iniciativas desde la arquitectura y la salud.

Le Corbusier llego a decir que la arquitectura del siglo XIX es como un viejo sofá lleno de tuberculosis.

Las calles, rectas o curvas, fueron cubiertas con adoquines, en gran medida por la lógica sanitaria, pues se entendía que los elementos contaminantes que infectaban a los humanos no solo flotaban en el aire sino que podían quedar atrapados en objetos o paredes o superficies, que los absorbían y luego los liberaban.

Creían que adoquinando las calles creaban una especie de piel para la ciudad.

Ahora bien. Eso no se limitó a las calles: las paredes de las casas eran recubiertas, revestidas y barnizadas para que tuvieran un escudo protector. Las grietas provocaban terror. Las cocinas y los baños recibieron los azulejos para limpiarlos mejor y evitar la concentración de polvo.

Y ciudades que durante siglos habían estado amuralladas tiraron abajo sus fortificaciones para abrirle paso al viento.

Eso pasó con Paris -con las demoliciones de Haussmann- y en Barcelona. Esa misma concepción fue la que eliminó las murallas de Montevideo. Había que modernizarse.

En Barcelona ocurrió que, a mediados del siglo XIX, los 187.000 habitantes de la próspera ciudad industrial vivían confinados en los 2 km² que rodeaban los centenarios muros.

Barcelona se estaba sofocando, el hacinamiento empeoraba la severa falta de higiene en la ciudad y las epidemias eran devastadoras.

El ensanche de Barcelona fue una obra extraordinaria.

La guerra contra las ratas

Pero no es todo: también hay una guerra contra las ratas y eso se afirma en temas sanitarios.

Las ratas solían ser consideradas libres de enfermedades. Pero cuando se descubrió su vínculo con la peste bubónica, se desató una guerra global contra ellas.

La tercera epidemia de la peste, mató a 12 millones de personas en los 5 continentes entre 1855 y 1959. (El coronavirus lleva 600 mil muertos. Aproximadamente, en todo el mundo).

La guerra fue declarada a nivel global.

Para la década de 1920, ya había una aplicación muy sistemática de medidas a prueba de ratas, como el cambio de estructuras en casas privadas y edificios públicos, para evitar que pudieran entrar o anidar.

Eso implicó mucho hormigón, mucho metal y también ajustes para impedir que escalaran las edificaciones. Hasta les ponían obstáculos.

Tras el descubrimiento científico, las autoridades sanitarias y municipales ordenaron determinadas acciones.

Fue una transformación global de la materialización del espacio construido que habitamos. Me interesa volver al Hospital Saint Bois.

La arquitecta Ximena Ayestarán es docente, paisajista, trabaja en la Facultad de Arquitectura en un interesante proyecto denominado “Integración del enfoque de adaptación en ciudades, infraestructura y ordenamiento territorial en Uruguay”.

Aquí no va a hablar de esto, sino de su historia familiar con el Saint Bois.

 

La arquitecta Ayestarán habla de la arquitectura higienista, esa que estuvo al principio de la columna y que, como han escuchado, tiene importancia hasta nuestros días.

Tanto que hay un conjunto de normas municipales que se afirman en el concepto de arquitectura higienista.

Ya entrado el siglo 20, la arquitectura toma la vivienda como un fenómeno biológico y ya no es solo el arquitecto que hace un diseño funcionalista, sino que incorpora otros elementos de la ciencia médica.

En forma paralela, las normas comienzan a establecer esos criterios en la construcción.

 

El posible impacto del coronavirus

¿Y el coronavirus?

La arquitectura y la salud caminan juntas. Ahora el desafío está en como enfrentar las epidemias modernas desde la arquitectura y desde el urbanismo.

Un tema de debate en estos días en el mundo y también en Uruguay es si se debe favorecer el uso del automóvil, el transporte público o las bicicletas.

Uno de los elementos de atención es si hay que pensar en ciudades que el exterior no se convierta en una zona prohibida, sino que siga siendo un espacio seguro y habitable.

Con ello en mente, varias firmas de arquitectos han estado proyectando cambios que auguran desde el fin de los rascacielos hasta la introducción masiva de tecnologías que nos permitan ir por la vida sin entrar en contacto directo con nada de lo que nos rodea.

Si se tomaran medidas más permanentes sobre el área mínima por persona en las oficinas o en los ascensores, la construcción de torres altas y súper altas tanto para oficinas como residenciales sea menos atractiva económicamente.

Lo que puede cambiar debido al coronavirus es la construcción para el distanciamiento, de manera que espacios como las oficinas abiertas pueden pasar de moda, o teatros con lugares más espaciados.

Algunos reflexionan sobre la transformación en un espacio más íntimo: nuestro hogar.

Sostienen, por ejemplo, que el coronavirus cambió el concepto de privacidad.

De repente, la cuarentena forzó que una serie de funciones que solían pasar en otros espacios pasen a nuestro espacio doméstico, a pesar de que no había sido diseñado para absorber todo eso.

La distinción entre el espacio público y el privado fue borrada por la cuarentena.

Por primera vez de manera bastante global estamos experimentando una nueva visión de nuestra esfera doméstica, que se ha tenido que volver nuestro gimnasio, la escuela de los niños, nuestro lugar de trabajo, nuestra área de reflexión y meditación, el espacio en el que tenemos que interactuar con los amigos.

Un arquitecto dinamarqués dijo: “Como estoy seguro de que estas epidemias van a volver de manera global, yo propongo que se debería reconsiderar cómo nuestro espacio doméstico puede ser flexible de manera que pueda acomodar estas necesidades que tenemos día a día”.

Al fin y al cabo, concluyó, ayer y hoy, «hasta que se logra encontrar un remedio a una epidemia, la única cura que existe es la arquitectura».

Material consultado.

BBC. Coronavirus: cómo las pandemias modificaron la arquitectura y qué cambiará en nuestras ciudades después del covid-19.

Epidemia y perplejidades médicas: Uruguay, 1918-1919.

Arquitectura en tiempos de COVID-19.