«Las milicias de Río de Janeiro se han transnacionalizado»
28/05/1919
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Centenares de habitantes de las favelas Rocinha, Vidigal o Cantagalo marcharon este domingo con apoyo de partidos de izquierda y organizaciones sociales por Río de Janeiro en repudio a las milicias. Lo hicieron bajo la consigna “paren de matarnos” y con la mirada en el gobernador Wilson Witzel, aliado del presidente brasileño, Jair Bolsonaro.

Los manifestantes acusaron a Witzel de promover una política de gatillo fácil para acabar con la criminalidad galopante de Río, en consonancia con la liberalización de la compra y tenencia de armas promovida desde el Gobierno federal.

Según diversos medios, uno de los voceros del movimiento “La favela no se calla”, André Constantine, denunció “una política de guerra contra las drogas con trasfondo de genocidio del pueblo negro”. “Cada 23 minutos, un joven negro muere asesinado en Brasil. Y de cada 100 personas asesinadas, 77 son negras”, afirmó.

En el centro de este complejo panorama están las llamadas milicias, surgidas en los años 70 del siglo pasado en plena dictadura para colaborar con el Gobierno militar en el control de lo que lo pasaba dentro de las favelas.

Integradas por policías militares y civiles activos o en la reserva, bomberos y agentes penitenciarios, comenzaron como una especie de fuerza de defensa contra la entrada de narcotraficantes en los barrios cariocas.

“En los años 90 y principios de 2000 este fenómeno cobró mayor relevancia y empezó a jugar un papel central especialmente en su interacción con las organizaciones criminales brasileñas que fueron ganando muchísimo lugar en las favelas”, explicó a Sputnik Carolina Sampo, coordinadora del Centro de Estudios sobre Crimen Organizado Transnacional (CeCOT) del Instituto de Relaciones Internacionales de Universidad Nacional de La Plata.

Desde entonces, estos grupos no pararon de crecer y asumir funciones de “gobierno” paralelo en las favelas, asociándose o apoderándose de las negocios ilícitos que antes intentaban combatir.

El primero en adquirir trascendencia fue el Comando Vermelho (CV), que sigue siendo las más poderosa en Río. Sin embargo a nivel nacional es superada por el Primer Comando de la Capital (PCC), mientras que en el Amazonas, clave para el tráfico de drogas, el control lo ostenta la llama Familia del Norte.

“El PCC es sin dudas la más poderosa, está presente en los 27 estados brasileños, no tiene hegemonía en todos pero sí en casi todos. En donde no la tiene aparece el CV como fuerte”, indicó Sampo, investigadora del Conicet y profesora en la Universidad de Buenos Aires.

“Hacia 2008 hubo un repunte de la seguridad con la instalación de las Unidades Policiales de Pacificación, que eran la presencia del Estado dentro de las favelas”, precisó la experta.

“Esta política funcionó durante algún tiempo y se redujeron los nivele de violencias, pero hacia 2014 se volvió a complicar. Las UPP Dejan de tener resultados y empieza esto que llamamos Guerra Urbana”, agregó.

Sampo consideró que las posiciones y prédica del presidente Bolsonaro con el tema armas y el empleo de la justicia por mano propia para “matar bandidos” fomenta la polarización y pone a los más relegados de la sociedad en la mira. “Intensifica este espiral de violencia que se desató en Brasil ya hace unos años. Puede complejizar más la situación”, indicó.

Finalmente alertó que el proceso nacido en Río de Janeiro ya trasciende fronteras y requiere de un abordaje coordinado a nivel institucional en la región.

“Lo que ocurrió en este último tiempo es que se han movido hacia el exterior, se han transnacionalizado, sobre todo el PCC pero también el CV aunque en menor medida”, puntualizó Sampo, y enumeró: “Han logrado ubicarse en Paraguay, en Bolivia y menor medida moverse hacia Colombia (…) y también hay incursiones en Perú”.