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La autocrítica, virtudes y riesgos
11/12/1919
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Desde Sócrates a Freud, pasando por el comité de base de Playa Pascual.

Las personas y los partidos políticos tienen vidas azarosas, ferméntales y contradictorias. En algún punto se vinculan, pero tiene claves comportamentales bien diferentes. Por lo pronto, los partidos -con vocación de poder, no los testimoniales- tienen un horizonte de permanencia ilimitado.

Haciendo un símil marítimo, se podría decir que un partido navega en aguas placenteras o turbulentas y cuando ellas son tormentosas y el casco está envejecido, comienza a hacer agua y se generan ásperas discusiones entre el capitán y los tripulantes. Hay veces que el capitán dice “continuemos así que vamos a llegar a buen puerto” y otros señalan que “lo mejor es una parada técnica, evaluar los daños, observar las partes sanas de la nave y luego continuar.”

Lo que voy a intentar aproximarme es a mirar los procesos de autocrítica desde la filosofía y la psicología, y desde la peripecia personal. También incursionaré en algunas líneas de reflexión sobre estos avatares en la aplicación de procesos autocríticos en organizaciones sociales, los grupos humanos, en particular colectivos políticos.

En el inicio registraré algunas claves que bien vale para una persona o una organización política:

  1. Los orígenes de una organización partidaria (o una persona) pesan de forma importante en la evolución posterior de la misma;
  2. El contexto vital de los partidos (o persona) —jurídico, político, sociológico— los condiciona hasta el punto de transformarlos en algo muy distinto a lo que fueron en sus comienzos. Lo mismo que a las personas.

Un marco referencial

Me siento tentado a recorrer algunos territorios que tiene que ver con nuestras herencias culturales, de la cultura occidental y cristiana.

Afirmado en eso, diré que la autocrítica tiene mucho que ver con el pecado, con la confesión, con la fe, con la penitencia y con el diálogo.

Nos detenemos en dos palabras: confesión y diálogo.

La confianza está relacionada con reconocerse y reconocer. La “confesión” busca reconstituir la confianza en sí mismo. Y eso resulta vital en términos personales o grupales. La otra palabra que va a recorrer esta columna es el “diálogo”. Cuando uno se confiesa -presenta a un tercero sus “culpas”- lo hace en un mecanismo de diálogo. Primero de diálogo con uno mismo y luego con un sacerdote que en nombre de Dios, te perdonará tras rezar algunos padrenuestros.

Se advertirá que la confesión tiene un componente de sanación.

Pero antes de la herencia judaica, estaban unos buenos señores que con tiempo pensaban cosas. Ahí bien Platón, que a través de un personaje, Sócrates, dice: una vida que no está examinada no merece ser vivida. La idea central y originaria de la autoreflexión está ahí. ¿En dónde está? En los diálogos de Platón. Y nuevamente aparece la palabra “diálogo”.

En la filosofía apareció a través de Platón el término “dialéctica”, para definir su método utilizado en la indagación por la verdad o esencia de las cosas.

El nombre también proviene de la palabra “dialégesthai” ya que el método consistiría en una especie de conversación filosófica.

Platón prefería sin duda la transmisión oral de la filosofía, de ahí que sus únicos escritos filosóficos importantes eran diálogos.

“Dialegesthai” es diálogo, con el uno, con el otro, con los otros.

Platón parece decirnos que una buena autocrítica es con todos esos “otros”. Adviértase la potencia de esa posición: los griegos en su Atenas inventan lo espacios públicos -el ágora- para conversar.

La otra definición que viene del fondo de los tiempos es que “auto” – o sea, yo- no quiere decir “privado” sino “propio”, me identifico en el, en este espacio, en esta geografía humana.

Otro costado de todo esto, que viene de los viejos pensadores, es la crítica y la autocrítica como herramienta del marxismo. Este método permite descubrir y superar los errores y las insuficiencias de su actividad.

Para Marx, es necesario someterse a la autocrítica para progresar con éxito. Esta tesis de Marx fue desarrollada en condiciones nuevas por Lenin, quien definió la autocrítica como un rasgo propio de un partido auténticamente proletario, rasgo que lo distingue de los partidos reformistas y oportunistas. Para Lenin, la ausencia de temor respecto a la crítica y a la autocrítica constituye uno de los principios más importantes de los partidos comunistas.

Más acá en el tiempo, el general Líber Seregni dijo que muchas veces se le achaca al imperialismo problemas que pertenecen a la fuerza política.

Las decisiones son siempre acertadas

Ahora bien, ¿qué vamos a revisar? Porque ojo, cuando revisamos, nos autoanalizamos, revisamos todo.
Vamos a revisar hechos pasados; no vamos a examinar hechos futuros.

Y las decisiones -tanto personales como grupales- siempre se toman de manera acertada.

¿Por qué esta afirmación tan categórica? Porque cuando uno adopta una decisión la hace teniendo en cuenta todos los elementos. ¿Cuáles son esos factores? Factores geográficos, sicológicos, históricos y otros. Es en base a esos elementos que uno escanea la situación -advierte riesgos, límites de acción, pros y contras- y resuelve. Adopta la mejor decisión en función del conjunto de factores que tenía arriba de la mesa.

Ahora bien. Ahí aparece un precioso asunto: ¿eran de calidad esos insumos sobre los cuales adopté la decisión? En principio uno puede decir que si. Pero ¿cuándo se da cuenta que le faltaban algunos datos? Luego de tomada la decisión.

Lo que intento decir, es que uno parece que jamás adopta que a priori valora como negativa para si.
Tras adoptar la decisión evalúa los efectos de la misma: se autocritica. Nunca la autocrítica llega antes de la decisión. Hay reflexión con el otro, con los otros, pero no autocrítica.

Para Adriana Filgueiras, sicóloga, hay una autocrítica negativa y otra positiva.

El otro asunto es cuando la autocrítica se vuelve destructiva. La autocrítica cuando es autoflagelación tiene componentes patológicos destructivos.

Veamos cuando la cohesión grupal puede tener una repercusión negativa. O sea: el enemigo está afuera, agrupémonos y chau. Recuerden a Seregni cuando dijo que se pone al enemigo afuera, el imperialismo, cuando los problemas están en la fuerza política.

Adriana Filgueiras nos habla de ese tema.

El otro asunto vinculado con la negación es la autocomplacencia, tan o más dañina que la negación porque conociendo el problema lo justificar de cualquier manera.

Antes hablé de que la autocrítica reafirma o busca reafirmar lo que somos, con toda la carga.
Me detengo en los rasgos identitarios de una persona o de un grupo.
Voy a poner dos ejemplos, uno del exterior y otro de aquí.

En Inglaterra, el Partido Laborista pasó por una fuerte autocrítica luego de la tormenta Thatcher. Se trata de una interesante experiencia que permitió su transformación, reformulando su programa, estableciendo una nueva relación con sus militantes y reestructurando su organización.

El resurgimiento laborista fue partir del reconocimiento de sus propias fuentes: igualdad y comunidad.
El Partido Comunista del Uruguay, con la caída de la Unión Soviética, sufrió un enorme cimbronazo. El proceso autocrítico fue terrible y explotó en mil pedazos.

Este último es un ejemplo claro de la tensión entre la identidad -somos, qué somos- y el riesgo de autodestrucción al descubrir distintas realidades del “somos”.

Alguna vez Mao Tse Tung fue consultado sobre su visión de la Revolución Francesa. Mao respondió: apenas pasaron casi dos siglos. Hay que esperar.

Lo público y lo privado

El otro aspecto no menor de la autocrítica en base al “diálogo” es lo público o lo privado. Si es público, es explicable que se incursione en territorios riesgosos aunque sanos desde el ángulo de la reconstrucción de la confianza. Si es privado, es altamente probable que prevalezca la autocomplacencia y allí el riesgo del hundimiento del barco está en la tapa del libro.

En una organización política, ella se debe al afuera, al “nosotros”, por lo tanto sus comportamientos están integrados al “nosotros”. En el caso del Frente Amplio, el “nosotros” es vasto. Es un territorio humano que alcanza a quienes lo integran y a quienes no lo integran. Se reconoce, es reconocido por el “adentro” y por el “afuera”. Nos reconocemos (adviértase: re-conocer, conocer de vuelta) y nos reconocen.

¿Es fácil? No. ¿Es necesario? Si. Por lo tanto, la gestión de la autocrítica debe contemplar diversos universos, pero uno parece ser central: no debe dinamitar la esperanza.

Administrar lo público y lo privado parece ser uno de los temas centrales cuando uno sabe que no está solo en la competencia por el poder.

“¿Entonces qué hacemos?” pregunta una muchacha en un comité de base de Playa Pascual. La respuesta se está tejiendo en cada uno y en el “nosotros”.

Conclusión

De todo lo dicho, parecen haber tres ejes de una buena autocrítica:

  1. Confirmar las buenas cosas hechas;
  2. Evaluar críticamente lo que no tuvo los efectos deseados, los errores;
  3. Salir hacia adelante con una nueva agenda y un nuevo proyecto que se afirma en los pilares de identidad. Una suerte de continuidad y cambio. Que eso somos también como personas: continuidad y cambio.

NOTA. Para este trabajo conversé con el filósofo Agustín Reyes y con la sicóloga Adriana Filgueiras, además de repasar algunas lecturas relacionadas con el tema.

Linng Cardozo
11 de diciembre de 2019