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El Viaje

El humor, la censura y la doncella desnuda del otro lado de la rivera
17/06/2020
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Homenaje a Les Luthiers.

Definición de humor.

Humor o humorismo es definido como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas.

Situación Edison Campiglia.

Todo comenzó con una demanda de los riverenses a un programa de la FM del Sol, La Mesa de los Galanes. Un espacio que posee un personaje, Edison Campiglia, que se presenta como un carnavalero vago, merquero, orillero e irreverente.

Ahora, ¿todo comenzó ahí?

La impresión que tengo es que esto es más profundo, sobre todo por las repercusiones que se han visto en algunos uruguayos que se han expresado en las redes. Y algunos antecedentes.

La cuestión tuvo uno de sus puntos altos en febrero, en el Carnaval.

En febrero pasado, el entonces electo diputado colorado Gustavo Zubía habló de “totalitarismo carnavalero” y cuestionó a la “máquina propagandística” de las murgas.

La discusión sobre «si las murgas son de izquierda» se repite febrero tras febrero. Ahora, además, el pleito es llevado a la arena de las redes sociales y al Parlamento.

En aquel momento el diputado frenteamplista Gerardo Núñez le respondió a Zubía y dijo que esperaba que el próximo gobierno, o sea el actual, “esté bien lejos de la censura”.

Ese es el marco desde el cual quiero hablar de la censura y el humor en la historia. Y esta columna tiene su origen en un interesante conjunto de tuits que hizo Gabriel Romano.

Para ambientar esto, escuchemos a Les Luthiers y su tema “La Yegua mía”. (Aspiro a que esta pieza no genere instancias judiciales de soldados de la moral y las buenas costumbres).

 

Historia del humor y la censura

Sótades de Maronea, hacia el siglo III AdeC fue condenado, encerrado en una caja de plomo y echado al mar por escribir unos versos humorísticos sobre la vida sexual de Ptolomeo II.

Es que hay gente que no encaja bien con las bromas. Especialmente cuando ostentan algo de poder, siempre tan necesitado de un aura de pompa y solemnidad. (El texto que estoy dando lectura, que proviene de esos años, 300 años antes de Cristo, no hace mención al senador Guillermo Domenech, con lo cual estas palabras quedarían fuera de la furia parlamentaria y es un alivio para todos nosotros).

En la Historia, no es de extrañar que a menudo la sátira y la caricatura hayan sido prohibidas y sus autores generalmente acabaran cayendo en desgracia, como veremos con algunos ejemplos.

Los protagonistas de esas actividades irreverentes, terminaban democráticamente en la hoguera.

El emperador Septimio Severo cuando mandó ejecutar a varios senadores, según se recoge en Historia Augusta, unos por haber hecho algún chiste, otros por haberse callado, algunos por decir cosas de doble sentido como “he aquí un emperador que hace honor a su nombre que es verdaderamente Pertinaz, verdaderamente Severo”.

Ibíades, estratega griego (450-404 AdC) fue ridiculizado en una obra titulada Baptae (“Los que se zambullen”), por el comediógrafo Éupolis. El militar se vengó arrojándolo al mar.

La Inquisición también se cebó en Quevedo, denunciado por su “indecencia del discurrir, la libertad del satirizar, la impiedad del sentir, y la irreverencia del tratar las cosas soberanas y sagradas”.

También se lo decía Guillermo de Baskerville, franciscano, al bibliotecario ciego en «El nombre de la rosa», de Umberto Eco.

El bibliotecario afirmaba que la risa es síntoma de estupidez y que hay que evitar los chistes como veneno de áspid, una víbora muy venenosa de color y tamaño variables, que habita en los Pirineos y otros lugares montañosos de la Europa central y meridional.

El citado bibliotecario recibió esta respuesta del sabio franciscano: la risa es signo de racionalidad, sirve para confundir a los malvados y poner en evidencia su necedad. (Reitero: el texto que estoy leyendo con suma prolijidad no hace mención al senador Domenech).

La risa distrae al aldeano del miedo, aunque sea por algunos instantes.

Si la risa es la distracción de la plebe, la plebe debe ser refrenada y humillada y atemorizada mediante la severidad; a la hoguera o a la justicia.

Autores como Voltaire y Diderot, en el siglo XVIII, en plena Ilustración, cuando la sátira llegó a su apogeo, alcanzaron gran renombre en Francia gracias a sus agudezas, y de vez en cuando algún encarcelamiento, paliza y quema pública de sus obras por parte de las autoridades.

Con la llegada al poder de Napoleón llegó también el cierre de las publicaciones satíricas francesas y fue precisamente un autor inglés, llamado James Gillray, el que lograría sacarlo de sus casillas con una parodia de su ceremonia de coronación.

Le sentó realmente mal el dichoso dibujo, hasta el punto de prohibir la introducción de copias en el país y presentar una queja diplomática ante Londres.

Una vez reinstaurada la monarquía, Luis Felipe I pasaría por un mal trago equivalente cuando otro caricaturista, Charles Philipon, lo retrató con forma de pera (que en francés significa también bobo) en una revista llamada precisamente La Caricature.

Los ejemplares fueron secuestrados por las autoridades y el autor llevado a juicio, donde se justificó diciendo que a quien realmente debían detener es a todas las peras de Francia, por parecerse al rey. Pasaría en total dos años en la cárcel a cuenta del chiste.

Tras la revolución soviética fue objeto de debate si las sátiras debían ser permitidas en el nuevo orden. Dado que el sistema era perfecto la función de denuncia de la sátira ya no debía tener sentido. El nuevo código penal calificó las sátiras y los chistes como propaganda antisoviética penada con el gulag. Con la muerte de Stalin la situación mejoró, aunque ya en los años sesenta autores de sátiras como Valeri Tarsis fueron ingresados en centros psiquiátricos.

En la Alemania nazi, a partir de 1934 quedó prohibido difundir comentarios maliciosos, lo que incluía chistes contra el partido, el régimen o sus dirigentes.

Aún después de la muerte de Franco se respiraba en España un clima de prohibición e intolerancia, cuando persistían figuras como la del fiscal de prensa, un censor en la práctica, y era común secuestrar números de revistas humorísticas.

El episodio más negro de aquellos años fue el bombazo en la redacción de El Papus, reivindicado por el grupo ultra “Alianza Apostólica Anticomunista” como venganza por las mordaces historietas publicadas en la revista.

Aquí en dictadura fue clausurada la revista El Dedo. La revista Guambia, continuadora de la clausurada, fue amonestada y luego siguió. Ahora mismo, la autodenominada “Patota de Guambia”, salió al ruedo nuevamente haciendo humor gráfico por las redes.
Recordemos también el atentado islamista de 2015 contra la revista satírica francesa Charlie Hebdo, en el que doce personas fueron asesinadas por caricaturizar a Mahoma.

Finalmente deseo que mis palabras sean enviadas al Parlamento, al Ministerio de Educación y Cultura y a mi familia que vive en Rivera a la que le mando un apretado abrazo.

Linng Cardozo.
17 de junio de 2020.

Material consultado

Censura del humor y la crítica. Breve historia de la censura en el arte y la comunicación. Enrique Martínez-Salanova Sánchez.