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«De su pueblo»
26/03/2021
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Luiz Inácio da Silva nació pobre, en uno de esos lugares donde la palabra pobre no significa nada. No hay contexto. Nadie es pobre, porque nadie es rico. Nadie es nadie en Caetés. Las calles de Caetés, como las de todo el nordeste brasilero, no saben de asfalto, ni de luces. Las calles de Caetés no se pueden diferenciar de las veredas. Porque no existen. Ni las calles, ni las veredas. Los pueblos del nordeste brasilero brotan de la tierra y en la tierra viven. Comen de la tierra. La respiran. Respiran aire entremezclado con una tierra espesa y calurosa que llena los pulmones y tiñe la piel. Quienes crecen ahí llevan para siempre en su piel la marca de su pueblo. Como Luiz Inácio da Silva. Que ahí nació, ahí creció, y ahí curtió su primera piel.

En un país donde todo es exuberante, Caetés no tiene nada. Y entonces, los que viven en Caetés, no tienen nada. No son pobres, porque nadie es rico, nadie tiene poco, porque nadie tiene. En el país más verde del mundo, él que le presta oxígeno a toda la humanidad, Caetés no tiene árboles. En el país donde las frutas tienen más colores que el arcoiris, Caetés no puede plantar un mango y no puede sentir su jugo explotando en la boca. En el país donde las playas son muchas más que las que se pueden disfrutar, en Caetés solo hay arena. Un desierto inevitable y presente. Un desierto del que nada escapa. Un punto en el mapa donde cuando hace frío, el termómetro marca 15 grados.

Ahí se conocieron Lindu y Aristides, que nada tenían hasta que tuvieron un hijo. Y dos, y tres, y cuatro, cinco, seis, y siete. Al séptimo le pusieron Luiz Inácio. Ni ellos, ni nadie en todo el mundo en ese 27 de octubre de 1945 pudieron saber que estaba naciendo un presidente.

Luiz nació como nacían los niños de Caetés. Nunca nada fue de él. Ni siquiera su casa. La tierra que pisaba cuando nació, no era de él. Su padre no era de él. Su madre era lo que podía. La casa tenía dos ambientes, y si bien tenía una pared, era como si no. En el pueblo que nada tenía, la casa tampoco tenía nada. El piso era tierra, las camas eran hamacas, las mesas y las sillas no existían. El agua estaba tan lejos que era un paseo. El baño, un lujo que se disfrutaba una vez por semana.

Cuando Lula nació, terminaba la segunda guerra mundial. El mundo empezaba a meterse en la historia moderna, pero Caetés, todavía no. Lula se sacó su primera foto a los 3 años, y ese día, se puso sus primeros zapatos. Y no eran de él. Unas sandalias inmensas que le prestó el fotógrafo, para que esos pies silvestres conociesen que entre la tierra del suelo y la tierra suya, podía haber algo.

Creció entre la sequía del desierto. Comiendo lo que se plantaba en esa tierra rebelde, donde no siempre se podía plantar, y por tanto no siempre se podía comer. Decir que tuvo infancia es mucho decir para un niño que creció entre la ausencia. Un padre lejano al que había que seguir por el país, y una madre que llenaba todos los huecos. Fue una niñez tan dura que no se parece a la niñez. Y fue una madre tan buena, que fue más que una madre. Cuando Lula ya sea Lula, y ya lo quieran todos, dirá que su sueño es gobernar como ella.

Empezó a trabajar cuando la mayoría de los niños aprenden a jugar. A los 7 años trabajó como vendedor ambulante, a los 14 en una fábrica. A los 17 perdió un dedo en la metalúrgica. En una vida que trataba de sostenerse, Lula encontró el amor primero en Lourdes, que se fue demasiado temprano. Lula siempre político, diría que “Quien tiene dinero puede todo, quien no tiene dinero no puede nada. Cómo murió Lourdes mueren millones de personas por ahí, sin tratamiento médico”. Se volcó a lo sindical, a representar a sus metalúrgicos ante una dictadura espantosa, dura e interminable. En 1980 fue puesto en prisión, casi enseguida fue liberado y llevado en andas por las calles. Nunca más estaría solo. Y nunca más dejaría a nadie solo.

Los seres humanos son así. Nacen donde nacen, mueren donde mueren, lo único que se puede elegir es donde vivir. Y Lula podrá vivir en una casa sin tierra del último pueblo de Pernambuco, o podrá vivir en el Palacio de Planalto o podrá vivir en la más injusta de las cárceles brasileñas. Pero hay un lugar que él eligió, y donde no dejará de vivir nunca, en su pueblo, que no es más Caetés, sino todo el pueblo de Brasil.